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 Ciencia, paraciencia e indecencia

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Cuatro

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Localización : Isla Bonita

MensajeTema: Ciencia, paraciencia e indecencia   Jue 2 Dic 2010 - 1:13

Experimentos que no deberían volver a repetirse

En ocasiones, con la intención de alcanzar altas metas de conocimiento, la ciencia elige avanzar por sendas equivocadas a merced de científicos que se apoyan en la maquiavélica idea de que el fin justifica los medios. Esta es la historia de dos experimentos que no deberían repetirse jamás.

El gran hermano de los "Jesucristos"

En 1959, el psicólogo social Milton Rockeach intentó poner a prueba el autoengaño, juntando a tres pacientes esquizofrénicos que se creían Jesucristo, y haciéndoles vivir juntos durante dos años.

Las conversaciones que se podían oír en la institución psiquiátrica eran de lo más surrealistas.

Uno decía: "¡Debes adorarme!"

Otro respondía: "No te adoraré. ¡Eres una simple criatura! Mejor vives tu propia vida y despiertas a la realidad".

A menudo, lejos de ofrecer la otra mejilla, los tres jesucristos acababan emprendiéndola a golpes entre sí. Algo, por otro lado, lógico en enfermos de esquizofrenia.

Sin embargo, para muchos, el peor de todos era el propio doctor Rockeach, quien en su afán de manipular a los sujetos de su experimento, llegó a hacerse pasar por la alucinación amorosa de uno de los tres cristos, llamado León.

Rockeach mandaba cartas de amor a León haciéndose pasar por Madame Yeti Woman, su supuesta mujer a la que el enfermo imaginaba como descendiente de una india y una rata del desierto, y que medía 2 metros de alto y pesaba 100 kilos.

El doctor enviaba instrucciones a León a través de las cartas de amor para que este cantase himnos religiosos durante las reuniones, o para que fumase alguna marca de tabaco en concreto.

León rompía a llorar de emoción cada vez que recibía alguna carta de su amor. Sin embargo, cuando la carta le pidió que cambiase de nombre, el enfermo sintió que se estaba desafiando su "divina" identidad y estuvo a punto de divorciarse de su fantasía.

Finalmente Rockeach renunció a esa parte del experimento.

Tras aquellos dos años de estancia juntos, cada esquizofrénico seguía pensando que él era el único hijo de Dios verdadero. De hecho el psicólogo terminó convencido de que cada Jesucristo había interiorizado aún más su identidad tras haberse enfrentado a los otros dos.

Veinte años después de aquel experimento, Rockeach renunció a sus métodos y escribió: "Realmente no tenía derecho, ni siquiera en nombre de la ciencia, para jugar a ser Dios e interferir a diario con sus vidas".

Su experiencia de aquellos años quedó recogida en el libro de 1964 The Three Christs of Ypsilanti.

El torero "mental"

Este experimento se lo debemos al doctor español José Delgado, que en 1963 trabajaba como neurofisiólogo en la Universidad de Yale.

Delgado investigaba un nuevo tipo de terapia por electroshock que consistía en implantar pequeños cables y electrodos en el cráneo de los animales. Enviando pequeñas corrientes eléctricas a distintas partes del cerebro, el doctor inducía emociones y provocaba movimientos corporales.

Intentaba así variar el estado mental del paciente, con la intención de calmar a los agitados y animar a los depresivos. Para ello desarrolló un chip que podía insertarse en la cabeza del paciente al que llamó "stimoceiver".

Podía controlarlo por control remoto, e implantó este dispositivo en gatos y monos, a los que hacía bostezar, pelear, jugar, emparejarse y dormir. Su interés particular era dominar la ira.

Llegó a colocar a un mono con malas pulgas (al que implantó un stimoceiver) en una jaula junto a otro mono más tranquilo, al que Delgado entregó el mando. Obviamente, el mono tranquilo aprendió enseguida que cuando tocaba el botón, su agresivo compañero se calmaba.

Delgado imaginaba una sociedad "psicocivilizada" en la que todo el mundo pudiera dominar sus tendencias autodestructivas apretando un botón.

Sin embargo su experimento más famoso tuvo lugar en su país. En 1965 Delgado se enfrentó en una plaza de toros a Lucero, un animal conocido por su fiereza al que el doctor había tenido la precaución de instalar un stimoceiver.

Cuando Lucero lo vio en la plaza, corrió hacia él con intención de embestirle. Pero entonces Delgado apretó el botón de su mando a distancia y el toro se paró de inmediato. Apretó de nuevo el botón y el animal empezó a dar vueltas en círculos.

El New York Times de la época saludó al experimento como todo un éxito, mientras que algunos neurocientíficos eran más escépticos. Sugerían que en lugar de calmar los instintos de agresión del toro, el dispositivo simplemente confundía su cerebro.

Tras la noticia varios extraños en los Estados Unidos acusaron a Delgado de haberles instalado un stimoceiver y de estar controlando sus pensamientos. La gente realmente temía aquella tecnología por lo que Delgado decidió regresar a España y dedicarse a otras ramas de la investigación.

Podemos imaginar la oposición a la que estos experimentos se enfrentarían hoy en día, y aunque ciertamente sus conclusiones ayudaron a que la ciencia avanzase, creo que todo el mundo estará de acuerdo en que algo así no debería volver a repetirse.

ref: Mentalfloss.

saludos errantes.

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Cuatro

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MensajeTema: Re: Ciencia, paraciencia e indecencia   Jue 2 Dic 2010 - 16:33

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